Teniendo en cuenta la escena literaria actual, conquistada con éxito por la apabullante inmediatez de los ebooks, el kindle, la tablet, los libros de consumo rápido y el fenómeno de los best sellers que “enganchan” y que “los coges y no los sueltas”, hablar de clásicos parece casi un sacrilegio. Sin embargo, hoy voy a romper una lanza a favor los libros que no enganchan. Esos clásicos polvorientos que asoman en las estanterías de nuestros padres y abuelos: los observamos desde la distancia sin atrevernos a elegir uno porque intuimos con temor que no será un “lo coges y no lo sueltas”, sino más bien un lo coges, lo sueltas, lo vuelves a coger, y no te acaba de enganchar. Sin embargo, aquellos que de vez en cuando traspasan la barrera y se atreven con un clásico de tapa dura, que pesa en el bolso, en el metro y hasta en el sofá, hablan a menudo del placer de una lectura pausada, de pasearse por párrafos y párrafos de descripciones y disfrutar de cada escena sin la necesidad de correr para ver qué pasará después. Tal vez si fuésemos un poco más allá del feroz instinto del “usar y tirar” que nos absorbe sin remedio en todos los ámbitos de nuestra vida, llegaríamos a apreciar que ese tipo de literatura se disfruta, se saborea, se asimila y se recuerda igual o más que las ultimísimas novedades de la semana.
Un libro que siempre había querido leer era Dr. Zhivago de Pasternak. Intenté empezarlo tres o cuatro veces, pero nunca pasaba del primer capítulo. Probablemente fuera debido a una traducción pésima, anticuada, casi barroca que me producía la inquietante sensación de estar leyendo en chino. Sin embargo, unos años más tarde, el libro se volvió a cruzar en mi camino, llamando mi atención desde la vitrina de una exposición sobre la Caballería Roja en la Casa Encendida de Madrid. Esta vez se trataba de una traducción hecha directamente del ruso, sin pasar por el inglés o el francés, y con muchas N de la T que me ayudaron a la comprensión de ciertos aspectos históricos y culturales de una Rusia que no podía ni imaginar. ¿Cuántos best sellers pueden presumir de meterte el frío siberiano en el cuerpo en pleno mes de mayo? ¿Cuántos consiguen mantener una tensión sexual de alto voltaje durante páginas y páginas en las que en realidad no pasa nada? Sólo como un ejemplo, recuerdo un par de escenas y desaconsejo que sigan leyendo a los que se hayan planteado sacarle el polvo a la novela. Una de ellas relata un encuentro fortuito durante el cual el mundo se detiene en una biblioteca de los Urales. La otra explica cómo, para salvar a su familia de la congelación, el doctor decide vender un armario muy preciado para poder comprar madera de peor calidad que la del mismo armario, porque le resultaría demasiado doloroso convertir en trozos de leña el recuerdo familiar.
A ver qué dicen los Matriuskos: ¿os habéis acordado de algún clásico que no os enganchara a muerte y, aún así, os gustara? ¿uno que os alegréis de haberos atrevido a leer? ¿un libro publicado hace más de 50 años que recomendaríais?








